Para muchos adolescentes, septiembre es sinónimo de estrenar cuadernos, reencontrarse con amigos y empezar nuevas rutinas. Pero para quienes conviven con un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA), este mes marca el inicio de un periodo lleno de retos invisibles. Entre horarios que cambian, miradas que pesan y exigencias académicas, la vuelta a las aulas puede convertirse en un momento crítico que influye directamente en su bienestar.
La montaña rusa emocional de septiembre
El regreso a la rutina rompe de golpe el ritmo del verano. Los horarios se vuelven estrictos, el tiempo libre se reduce y las obligaciones aumentan. Para un joven con TCA, este cambio no solo implica adaptarse a madrugar o a estudiar, sino también gestionar la ansiedad de enfrentarse de nuevo a situaciones que le resultan difíciles: comer en público, soportar comentarios sobre su aspecto o afrontar días en los que la energía no acompaña.
En algunos casos, septiembre se convierte en el mes de las “buenas intenciones” extremas: dietas rígidas, ejercicio excesivo o restricciones alimentarias con el objetivo de “compensar” los excesos del verano. Un patrón que, lejos de ayudar, agrava el ciclo de obsesión y culpa propio del TCA. Si durante estos meses la presión te ha afectado, ya que muchos de los retos que aparecen en julio y agosto continúan en septiembre, solo que en un entorno distinto.
El peso de la mirada ajena
En el entorno escolar, cada recreo, pasillo o clase de educación física es una oportunidad para que surja el miedo al juicio. El simple hecho de reencontrarse con compañeros después de semanas puede despertar inseguridades: “¿Se me nota que he cambiado de peso?”, “¿Qué pensarán si no como lo mismo que ellos?”.
Esta preocupación lleva a muchos adolescentes a aislarse: evitan comer con otros, buscan ropa que oculte su cuerpo o se apartan de actividades sociales. Aunque a veces no haya intención de herir, los comentarios sobre el físico —incluso los que parecen cumplidos— pueden reforzar pensamientos dañinos. Por eso, un entorno escolar que evite opinar sobre el cuerpo y priorice el bienestar emocional es clave para prevenir recaídas. En este sentido, el artículo “Cómo puedo ayudar a un amigo o amiga que tiene TCA” de SOM Salud Mental 360 ofrece recomendaciones prácticas para ofrecer apoyo sin reforzar conductas dañinas. Y en lo social, también es importante recordar que los amigos juegan un papel esencial: tener relaciones de confianza, como explicamos en nuestro artículo sobre amistad y trastornos de la conducta alimentaria, puede ser un gran apoyo para afrontar los cambios que trae el inicio del curso.
Presión académica y perfeccionismo
La vuelta a clase trae también el peso de las expectativas académicas. Muchos jóvenes con TCA son autoexigentes y perfeccionistas: buscan destacar en las notas tanto como en el control de su cuerpo. Este nivel de presión, sumado a los efectos físicos y cognitivos del trastorno (dificultad de concentración, fatiga, irritabilidad), puede generar un círculo vicioso: el bajo rendimiento aumenta la ansiedad, y la ansiedad intensifica las conductas propias del TCA.
En los casos en que el tratamiento implica ausencias escolares, el regreso a clase supone enfrentarse a trabajos acumulados y al miedo de “quedarse atrás”. Aquí, la flexibilidad por parte de profesores y orientadores no es un favor, sino una herramienta esencial para que el alumno pueda seguir vinculado a su educación sin poner en riesgo su salud.
La red de apoyo que marca la diferencia
La forma en que un adolescente con TCA vive septiembre depende en gran parte de la respuesta de su entorno. La coordinación entre familia, centro escolar y profesionales de la salud permite diseñar estrategias adaptadas: desde ajustes en el comedor escolar hasta acuerdos para reducir la carga académica o dar espacios seguros en los que el joven pueda regularse.
Más allá de protocolos y planes, lo que más ayuda es el trato diario: un ambiente sin juicios, gestos de inclusión y la certeza de que la persona no es definida por su trastorno.
CONCLUSIÓN
Para quienes conviven con un TCA, septiembre es mucho más que un nuevo curso. Es un desafío emocional, social y académico que, con el acompañamiento adecuado, puede convertirse también en una oportunidad para afianzar avances y sentirse parte de la vida escolar sin miedo. La comprensión, la paciencia y la empatía no solo suavizan la vuelta al cole: pueden ser la base sobre la que construir un año más seguro y esperanzador.